miedos

Empieza el otoño -la nueva rutina después del verano- y la coges con ganas, planeas tus proyectos. Pero pronto la rutina empieza a calar y el cansancio gana terreno.

Desde hace tiempo tengo miedo de dejar de crear, de escribir, de dibujar, hacer bocetos, de hacer collages, de tener tiempo para leer un libro de una sentada, de pasarme la mañana ojeando revistas, webs de artistas a la búsqueda de imágenes, de inspiración, de recorrer playlist para encontrar nueva música, de recolectar mis citas favoritas del último libro que leo, de escribir en mi diario, de hacer manualidades… Antes subía mis cosas a una cuenta de Instagram, porque compartir es una parte del proceso. El último post es de hace meses, y llevan sin ser constantes desde 2023. Hago menos que antes, y las redes sociales castigan mucho la falta de instanteidad: si te sientes mal por crear cada vez menos, subirlo a redes y ver que no tiene el mismo recibimiento, ceba el círculo vicioso. Todo ello exacerba el verdadero miedo que me asola:

Tengo miedo de ir tan rápido -a trabajar, a hacer la casa, la compra, a pasar el poco tiempo libre que tengo con mis amigos, a descansar porque estoy tan cansada que en realidad necesito pasarme el día en la cama, o en el sofá, o mirando una serie que en realidad no me interesa tanto pero que no me supone ningún esfuerzo ver- tengo miedo de quedarme sin energía para cultivar el tiempo que exige la creatividad, porque no se crea bien deprisa y corriendo.

Se necesita tiempo para observar y macerar bien las ideas, dejar que crezcan en ti, que se alimenten de las ideas de otros, se reproduzcan las influencias y las inspiraciones, dejar que fluyan los pensamientos de un lado a otro. Se necesita tiempo para explorar, para empezar algo y no acabarlo, retomarlo con el tiempo, mezclar las ideas. Se necesita tiempo para poder precisamente pausarlo y observar con un poco de distancia lo que estás haciendo, y valorarlo, y dejar que las metamorfosis necesarias sucedan.

Se necesita tiempo para poder estirarlo, en aprovecharlo y en malgastarlo, pero se necesita sentirlo a tu disposición. Más allá de las obligaciones que se nos imponen y nos roban el dominio y la organización de nuestra vida y nuestro placer, lo que más me duele en el día a día es cuando llego sin ganas a ese tiempo mío, por el desgaste mental de dichas obligaciones, del trabajo y la vida diaria.

Y me encuentro en mi escritorio, frente a mis cuadernos, mis pinturas, mis diarios, mis libros y agendas, mis recortes, mis revistas… y acabo haciendo un scroll infinito por Pinterest, sin realmente ver nada que me inspire -o si lo veo, estoy tan agotada que no me siento inspirada- o peor, un scroll infinito por TikTok, con videos sobre los mejores tips para tus proyectos creativos, con las mejores webs para inspirarte, con los 5 pasos para dar un impulso a tu escritura, con las historias de cómo se deja de hacer scroll para poder centrarte en tu trabajo… Acabo consumiendo más contenido de cómo crear que creando, y creo que es algo que evidentemente no me debe estar pasando a mí sola.

Tengo claro que la solución no es individual, pues las rutinas las construimos al rededor del tiempo libre residual del trabajo que nos dejan, y que el agotamiento, ese famoso burnout, es su consecuencia. Pero desde luego me planteo por pequeños remedios cotidianos para paliar el miedo a que el trabajo y este ritmo turbocapitalista vertiginoso me robe mis inquietudes y mis ganas de crear -y solo crear, que llegue alguna parte lo que hago es lo de menos, desde luego, lo que quiero conservar intacto es el placer de la creación-

Espero encontrar esos remedios. De momento, escribir que tengo miedo parece hacerlo más pequeñito.

Comentarios

Entradas populares de este blog

derecho

recordar

escaparate